EL EVANGELIO DEL DOMINGO
Evangelio según San Lucas 14, 25-33
En aquel tiempo mucha gente acompañaba a Jesús. Él se volvió y les dijo: «Si uno viene a mí y no deja a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos y ver si tendrá para terminarla? No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar la obra, todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: Éste comenzó a construir y no ha podido terminar. O ¿qué rey, si va a ir a la guerra contra otro, no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si ve que no, cuando todavía está lejos, envía una embajada pidiendo la paz. Así pues, el que de vosotros no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.
Comentario de D. Manuel Gordillo, Párroco de San Roque de Sevilla.
¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a pedir lo que nos pide Jesús en el Evangelio de este domingo? ¿Por qué es tan exigente el Señor? ¿Por qué nos pide tanto?:
«Si uno viene a mí y no deja a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser discípulo mío.» Nos pide el amor a la familia, a la vida… a las que hemos de amar y servir. Es que él que nos ha dado esos bienes y quiere que los amemos en su debida medida, que los amemos en cuanto que nos unen más a Dios. No podemos absolutizarlos –convertirlos en “ídolos” que desplacen a Dios de nuestra vida- sino que los amemos de forma que nos conduzcan con fuerza a Dios. Esos bienes no deben –no pueden- alejarnos del querer de Dios. ¿Se convierten a veces en obstáculos para seguir al Señor? ¿Los anteponemos a lo que Dios espera de nosotros de aunque saberlos situar nos lleve a tener que abrazar el sufrimiento, la cruz?
«El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo», quiere el Señor que carguemos con la cruz, que nos abracemos a ella… porque es el camino de encontrar la felicidad mediante la victoria sobre nuestros pequeños o grandes egoísmos. Por eso hemos de ser generosos a la hora de abrazarnos a la cruz; en ella encontramos la alegría –la felicidad, fruto de la fidelidad a Dios- de haber dado paso a los planes de Dios, único camino para encontrar la plenitud de la felicidad en esta vida y en la futura.
La cruz se convierte así en cimiento y cima de la vida cristiana –así fue en la vida de Jesús-, sin ella no florecerá la alegría de sabernos hijos de Dios, pero eso ha de ser una ocupación constante en la existencia cristiana. «No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar la obra, todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: Éste comenzó a construir y no ha podido terminar.»
«Así pues, el que de vosotros no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.» A lo que hay que renunciar no es a los bienes sino a los se consideran sus bienes, dice el Señor. Los bienes los hemos recibido de Dios, pero a veces añadimos otros bienes que nos hemos buscado o transformamos los recibidos de Dios en nuestros bienes al apropiarnos de ellos para constituirnos en dueños y no en administradores para colaborar con ellos a la implantación del Reino de Dios. Sólo si nos apoyamos exclusivamente en Dios para servirle podremos ser sus discípulos.
A esa limpieza de vida nos conduce el ejemplo y la intercesión de nuestra Madre la Virgen.






