EL EVANGELIO DEL DOMINGO ( XXII del Tiempo Ordinario)

                                                                                                          Evangelio según San Lucas 14, 1.7-14

Un sábado fue Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos; éstos lo estaban acechando. Jesús, al observar que los invitados escogían los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer asiento, no sea que haya otro invitado más honorable que tú, venga el que te invitó y te diga: Cede el sitio a éste, y entonces tengas que ir avergonzado a ocupar el último puesto. Por el contrario, cuando seas invitado, ponte en el último puesto, y así, cuando venga el que te invitó, te dirá: Amigo, sube más arriba. Entonces te verás honrado ante todos los comensales. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez y ya quedas pagado. Cuando des un banquete invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos, a los ciegos; entonces serás dichoso porque ellos no pueden pagarte, y recibirás tu recompensa en la resurrección de los justos».

Comentario de D. Manuel Gordillo, Rector de la Basílica de Santa María de la Esperanza Macarena.

La tentación en la que puede caer cualquiera es buscar los primeros puestos en la consideración de los demás, que se nos reconozcan nuestros méritos, lo bien que lo hacemos, el pensar que tenemos más derechos que los demás… y que todo eso no debemos cederlo a nadie. Por ahí van las consideraciones que el Señor nos está haciendo hoy.

Ante esas actitudes y tentaciones el Señor nos propone la necesidad de la humildad: «Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». ¡Cómo deben hacernos reflexionar esas palabras de Jesús! ¡Yo tengo, yo soy, yo valgo…! ¡Pero si lo que tenemos es un verdadero regalo de Dios! Los grandes dones de la fe, la esperanza, la caridad –que son los que dan valor y sentido a nuestra vida- son regalos de Dios, también tantos otros dones materiales y espirituales. Sin humildad no seremos capaces de abrazar esos dones, de valorarlos y desarrollarlos. La humildad es el reconocimiento de la verdad de nuestra pequeñez y de nuestra insuficiencia para lograr nuestro fin: conseguir el Cielo –en la eternidad y aquí en la tierra- viviendo en el corazón de Dios. Metiéndonos en él en la oración, descubrimos nuestra poquedad y la grandeza de Dios que nos salva en su misericordia. Todo lo que nos falta lo pondrá el Señor. Sabemos que somos un cúmulo de regalos de Dios que nos da para que los administremos al servicio de los demás.

La humildad no se opone al legítimo deseo de progreso personal, al necesario prestigio profesional, al honor y la honra debidos. Tampoco tiene que ver la humildad con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. La humildad nos lleva a vivir en acción de gracias, nos hace alegres y serviciales. Nos ayuda a aprovechar las humillaciones que recibimos. Saber rectificar es comino seguro para adquirir la humildad. La verdadera humildad está llena de sencillez, y sale de lo más profundo del corazón, porque es ante todo una actitud ante Dios. El humilde tiene más facilidad para penetrar en la voluntad divina…

Estas son algunas consideraciones que nos ayudarán a penetrar el esta virtud fundamental y que de modo admirable  encontramos en la Virgen. Ella nos ayudará a para que podamos escuchar: « Amigo, sube más arriba.»

 



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