EL EVANGELIO DEL DOMINGO ( XXI del Tiempo Ordinario)
Evangelio según San Lucas 13, 22-30.
En aquel tiempo, Jesús, camino de Jerusalén, iba recorriendo pueblos y aldeas, enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Le respondió: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Una vez que el amo de la casa se haya levantado y cerrado la puerta, os quedaréis fuera y comenzaréis a llamar a la puerta: ¡Señor, ábrenos! Y empezaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os dirá: No sé de dónde sois; apartaos de mí, agentes de injusticias. Allí será el llanto y el rechinar de dientes cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras que vosotros sois echados fuera. De oriente y de occidente, del norte y del sur vendrán a sentarse a la mesa en el reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos».
Comentario de D. Manuel Gordillo, Rector de la Basílica de Santa María de la Esperanza Macarena.
«Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Es una de esas preguntas que nos hacemos al menos alguna vez en nuestra vida. Lo que nos interesa en definitiva es la felicidad eterna en el Cielo, con Jesús, con María… Para eso hemos venido al mundo y eso es lo que esperamos conseguir. ¿Quién lo consigue? ¿Quién se salva? A veces da la impresión de que algunos piensan, que para quienes creen el él, automáticamente todos van al Cielo. Pero parece que el Señor pone una condición, sigamos leyendo el texto evangélico.
Jesús dice que entrarán quienes luchan por entrar por la puerta estrecha: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán». Esa es la puerta de la superación personal que pone los medios para hacer lo que Dios pide, la que mantiene vivo el combate para superar “la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne, y la soberbia de la vida”, es decir el afán de poseer –en lugar del afán de dar, de darse-, los deseos de la carne que se oponen a los del espíritu, y esa soberbia que nos engaña constantemente respecto a nuestra propia verdad reconocida en la sinceridad interior. Sin estas condiciones buscadas cada día no se puede encontrar a Jesús y hacer su voluntad, y mucho menos seguirle, en cambio perdiendo el miedo a “la puerta estrecha”, no sólo le encontramos sino que nos sentimos invadidos por su ayuda.
Ese combate, esa lucha, se hace necesaria, imprescindible, para quiere vivir la felicidad aquí en la tierra y luego en el Cielo. No bastará decir: «Hemos comido y bebido contigo, tú has enseñado en nuestras plazas». O lo que es lo mismo: estoy bautizado, he participado en la Eucaristía –aunque a veces no llevase “el traje de bodas”, es decir la vestidura de la gracia de Dios, para que realmente produjera en mi sus frutos-, me he acercado al sacramento de la penitencia, he asistido a actos de culto, he rezado por las noches…, además en ocasiones he escuchado la Palabra… Si faltó el combate interior, y a veces exterior, para entrar por la puerta de la voluntad de Dios, el Señor no nos reconocerá en el momento del juicio.
Por eso: «él [Jesús] os dirá: No sé de dónde sois; apartaos de mí, agentes de injusticias.» No podrá reconocernos porque voluntariamente nos negamos a luchar para oír y poner en práctica lo que El nos quiso pedir.






