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EL EVANGELIO DEL DOMINGO (XXXII del Tiempo Ordinario)Evangelio según San Mateo 25, 1-13 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas. " Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.» Comentario de D. Manuel Gordillo, Párroco de San Roque de Sevilla. El evangelio de este domingo viene a ser como una llamada a unirnos al deseo que la Iglesia nos ha propuesto de sabernos concernidos por la fiesta que da comienzo a este mes: Todos los santos –recuerdo de la llamada universal a la santidad- y el día siguiente, 2 de noviembre, día de los difuntos. Ambas nos recuerdan que tenemos un tiempo para conseguir la meta que el Señor nos propone: la santidad. Ese tiempo finaliza con las “postrimerías” de la vida del hombre en la tierra: muerte, juicio, infierno y gloria. Sobre estas verdades la Iglesia siempre nos ha recomendado la meditación frecuente, porque nos ayudan a alargar la visión de eternidad, con la que sopesamos el verdadero valor de nuestros actos de cada día. En concreto, el Evangelio de hoy es una llamada a la “vigilancia”. En toda ocasión el cristiano debe estar vigilante para descubrir al Señor que pasa. ¡Triste cosa sería no saber descubrir la llegada del Señor por haberse dejado vencer por el sueño! Triste cosa es el sueño de la tibieza: no ser ni frio ni caliente para las cosas del Señor, para las necesidades del prójimo. Las vírgenes “necias” se durmieron, y cuando llaman para que se les abra tienen que oír aquel: "Os lo aseguro: no os conozco”. Que nuestra vigilancia impida que debamos oír esa respuesta. Esa “vigilancia” puede ejercerse con el examen diario de conciencia. A las vírgenes “necias” se quedaron sin aceite. ¿De qué aceite se trataba? Los Santo Padres son concordes en decir que se trata del aceite del amor, de la caridad. Es decir el Señor en este evangelio está pidiendo “la vigilancia del amor”. No basta con ser cumplidores: participar en la Misa los domingos, dar alguna limosna, colaborar en alguna obra de caridad, hacer algunas oraciones… si no hay amor –si la alcuza de nuestras obras se queda sin amor- ahí no hay nada. Lo que el Señor pide es que todo eso sea fruto del verdadero amor –incluso hecho de debilidad- a los planes del Señor. San Juan de la Cruz enseñaba que al final de nuestra vida “sernos juzgados sobre el amor por el amor”, podemos decir que cada día somos juzgados del amor por el amor. Todo este mes de noviembre es una buena ocasión para meditar sobre estas cosas. Y siguiendo la costumbre cristiana para encomendar a quienes nos han precedido en la fe y necesitan de nuestra oración y sufragios que les ayuden en la purificación que están realizando para la plena posesión de Dios. |
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